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sábado, 8 de agosto de 2015

La Hermandad de la Pura y Limpia del Postigo del Aceite ante el Consejo de Castilla: solicitud de aprobación de reglas en 1795



"La Hermandad de la Pura y Limpia del Postigo del Aceite ante el Consejo de Castilla: solicitud de aprobación de reglas en 1795"

por 
Salvador Hernández González

en 

Boletín de la Hermandad de la Pura y 
Limpia Concepción del Postigo del Aceite n º 1 
(Sevilla, diciembre de 2002), págs. 34 – 37.


En los últimos años del siglo XVIII la mentalidad ilustrada, impulsada por un profundo deseo de reorganización de la vida social, económica, eclesiástica y religiosa, no veía con buenos ojos la existencia de las cofradías y hermandades, instituciones a las que se acusaba de excesivos gastos superfluos en sus actividades y de contribuir al empobrecimiento de las clases más populares, debido a la pérdida de jornales los días de sus festividades y también por los excesos cometidos en la administración de sus presupuestos.

Ante esta situación, el Consejo de Castilla expuso a Carlos III la necesidad de reformar estas devotas corporaciones. El fruto fue el decreto del Conde de Aranda ordenando que en todas las partes del país se hiciese un informe general de sus Hermandades, Cofradías, Congregaciones y cualquier otro tipo de asociación pía, expresando las rentas o limosnas que obtuvieran, la inversión de las mismas, las fiestas que celebraban y el gasto que ocasionasen, así como si tenían o no aprobadas sus Reglas o Estatutos.

Esta orden llegó a Sevilla, expedida al entonces Asistente Don Pablo de Olavide, con fecha de 28 de septiembre de 1770 y fue comunicada a toda la ciudad y provincia. Cuando por fin llega la respuesta a Madrid – después de reiteradas peticiones y quejas desde el Consejo por su tardanza – lo hizo con fecha de 10 de octubre de 1771. Por ella sabemos que en el antiguo Reino de Sevilla había 426 Hermandades, 374 Cofradías, 50 Congregaciones y 21 Ordenes Terceras [1].

Esta abundante nómina de corporaciones piadosas, considerada excesiva por el gobierno ilustrado, movió a Carlos III a tomar cartas en el asunto. El 25 de junio de 1783 el Consejo de Castilla dictó varias medidas sobre el particular:

  • Se prohibía la fundación de nuevas hermandades sin licencia real ni eclesiástica.
  • Quedaban extinguidas las hermandades gremiales y todas las erigidas sin autoridad real ni eclesiástica.
  • Sólo subsistirían las que estaban aprobadas por ambas jurisdicciones (real y eclesiástica) y las Sacramentales, debiendo trasladarse estas últimas a sus parroquias respectivas.
  • Las hermandades subsistentes quedaban obligadas a la elaboración de nuevas Reglas, que debían enviar al Consejo de Castilla para su examen y aprobación.


Sin embargo, todo esto se redujo en la práctica a que las hermandades formasen nuevas Reglas y las enviasen al Consejo de Castilla para su aprobación, con lo cual quedaban automáticamente legalizadas y salvadas de su extinción. Para ello se iniciaba un expediente administrativo ante el citado Consejo, presentando la Hermandad en cuestión sus Reglas para ser revisadas por aquél, quien las podía reformar en caso necesario. El mismo Consejo solicitaba al ayuntamiento de la localidad donde radicase la Hermandad un informe sobre las actividades y las Reglas de ésta, pidiéndole además que declarase si estaba a favor del mantenimiento o de la supresión de dicha hermandad. Este informe, junto con el del fiscal de la Audiencia territorial a la que perteneciese la localidad en cuestión, se remitía al citado Consejo de Castilla, quien después de los trámites oportunos aprobaba las Reglas de la hermandad solicitante, expidiendo para ello una Real Provisión [2].

Este fue el camino que siguió la Hermandad de la Pura y Limpia, sita en su sevillana y popular capilla del Postigo del Aceite, ante esta nueva situación: redactar nuevas Reglas y someterlas a la aprobación del Consejo de Castilla.

El  primer paso se dio con el cabildo celebrado por la corporación el 18 de junio de 1795, en el que estuvieron presentes el Hermano Mayor Domingo José Aguera, el Diputado José Redondo, el Censor Francisco Rodríguez y el Mayordomo Félix Nona, siendo el objetivo de esta junta otorgar poderes judiciales a Feliciano Moreno y Luis de Salvatierra, Procuradores de la Real Audiencia, al efecto de que solicitasen la aprobación de las nuevas Reglas en nombre de la Hermandad de la Pura y Limpia, como así lo certificaba el siguiente 2 de octubre el escribano Manuel Montero Espinosa y Colarte.

Organizadas en 16 capítulos, como documento jurídico que regula la vida de la Hermandad, estas constituciones señalan las normas por las que se rige su funcionamiento como corporación, la distribución de funciones entre los distintos cargos, qué competencias corresponden a sus dirigentes, como actúan y se desenvuelven, los cultos a celebrar y otros aspectos como la admisión de hermanos, asistencia a éstos a la hora de la muerte, régimen económico y situación jurídica de la corporación [3].

Sobre el recibimiento de hermanos, es decir, su ingreso en la Hermandad, trata el capítulo 1, señalándose como requisito que han de ser de buena vida, fama y costumbres, sin antecedentes de oficios viles, cristianos viejos, “ limpios de toda mala raza de moros, judíos, negros, mulatos, berberiscos o nuevamente convertidos a nuestra Santa Fe Católica “. Para la observancia de las Reglas, éstas le serán leídas por el Secretario en el momento de su recibimiento como hermanos.

Como establece el capítulo 2, el candidato presentará su solicitud al Secretario, quien dará cuenta de ello en la próxima Junta, encargándose el Censor junto con dos Diputados de Mesa de examinar al solicitante. Si no hay reparos, se admitirá al nuevo hermano, quien hará protestación de fe y juramento de defender en público y secreto el misterio concepcionista, más la práctica del Rosario aplicado por las Benditas Animas, así como enterrar a los difuntos. En concepto de ingreso aportará una libra de cera o su valor.

Para el ingreso de los hijos de los miembros de la Hermandad sólo será preciso el consentimiento paterno y el informe sobre la vida y costumbres del interesado, según se expone en el capítulo 3.

El capítulo 4 esboza el cuadro administrativo de la Hermandad, integrado por los cargos de Hermano Mayor, Mayordomo, Censor, dos Diputados, dos Secretarios, un Capiller o Prioste y un Cobrador.

De las elecciones de estos cargos trata el capítulo 5. El 21 de diciembre, festividad de Santo Tomás Apóstol, y en la sala inmediata a la Capilla de la Hermandad, se procederá a la elección de la nueva Junta, previa cita de los hermanos y siempre que haya un mínimo de trece miembros.

Mientras que el capítulo 6 define el orden de preeminencia en los asientos de los miembros de la Junta – ocupando el Hermano Mayor el primer lugar, flanqueado a su derecha por el Diputado más antiguo y el Censor y a su izquierda por el Diputado más moderno, el Mayordomo y el Secretario - , entre los capítulos 7 al 13 se establecen las obligaciones de los diferentes cargos.

El Hermano Mayor (capítulo 7) tendrá obligación de proponer los asuntos a tratar en cabildo y acudir a todos los actos de la corporación, salvo enfermedad, ausencia o asunto urgente, casos en los que le suplirá el Diputado primero y en su defecto el segundo. Estos Diputados, tal como estipula el capítulo 8, deben recoger las limosnas de la Hermandad y cobrar sus rentas si las tuviere, llevando las cuentas oportunas, que se presentarán a fin de año.

La función del Censor, a tenor de lo que establece el capítulo 9, es cumplir una labor fiscalizadora de la vida de la Hermandad en el más amplio sentido. Velará por su mayor fomento, la observancia de las Reglas, la adecuada compostura en los cabildos e intentará evitar las disensiones entre sus miembros, por lo que su asistencia es siempre necesaria, pudiendo ser suplido en su cometido por otro hermano en caso de ausencia justificada.

El Mayordomo, como responsable de la custodia de los bienes de la Hermandad y su administración, tendrá a su cargo la cera y las llaves de los cajones donde se custodian las alhajas y los útiles para los entierros de los hermanos, debiendo asistir a todos los cabildos, tal como precisa el capítulo 10.

Las funciones del Secretario se establecen en el capítulo 11. Asistirá obligatoriamente a todos los cabildos, de los que redactará las pertinentes actas, teniendo a su cargo la custodia del archivo de la corporación.

Como una de las fuentes fundamentes de ingresos de la Hermandad son las limosnas y contribuciones de los hermanos, el capítulo 12 encomienda su recaudación al Cobrador, quien por su trabajo percibirá la décima parte de las sumas reunidas.

El cuidado de la Capilla correrá – como precisa el capítulo 13 – a cargo del capiller, quien además asistirá a todas las juntas de elecciones y estará exento del abono de cuotas.

Como centro de la vida corporativa, los aspectos cultuales y asistenciales de la Hermandad de la Pura y Limpia, centrados en el culto concepcionista, la devoción al Santo Rosario y la asistencia de los hermanos a la hora de la muerte, se fijan con minuciosidad en el capítulo 14:

“ El  principal objeto de esta Hermandad es aumentar la devoción del Santísimo Rosario, enterrar los muertos y hacer bien por las benditas ánimas. Razón por que todos los días del año al toque de oraciones ha de salir el Rosario, haciendo la acostumbrada estación, al que concurrirán todos los hermanos con la mayor devoción, menos los que estén legítimamente impedidos. Y regresando a su capilla, en ella se han de repetir las preces a Nuestra Señora, según lo han de costumbre. En el día ocho de diciembre, en que se celebra el misterio de la Inmaculada Concepción, hará la fiesta de iglesia la Hermandad en el Colegio del Angélico Doctor Santo Tomás de Aquino (en el ínterin no da más extensión a su propia capilla) con la misa cantada, sermón, estando manifiesto el Augusto Sacramento, y otras solemnidades conforme a los fondos de la Hermandad, cuyo orden ha de determinar en el Cabildo o Junta que debe proceder “.

En octubre se convocará cabildo a fin de decidir la celebración de honras fúnebres por los hermanos difuntos en noviembre. Si algún hermano necesita recibir los Santos Sacramentos, se avisará al Mayordomo para proveer la cera y acompañar al Santísimo. En caso de fallecimiento del hermano, se le asistirá en su casa con altar “ que consta de mesa, sitial, bayetas azules para la sala con el escudo, crucifijo, manteles y cuatro candeleros, con otros cuatro para el cuerpo, unos y otros provistos de cera, bayetas, mortaja, caja y paño de terciopelo bordado de oro, con más un entierro de doce acompañados, igual número de cirios y seis misas en el acto de su funeral “. El Rosario hará estación en la casa del difunto, donde entonará un responso, repitiendo éste en la capilla durante nueve días seguidos, más los sufragios que la Hermandad juzgue oportunos. En caso de extrema pobreza, la Hermandad sufragará su entierro.

En correspondencia con el derecho de recibir esta asistencia por parte de la Hermandad, los hermanos contraen con la corporación algunas obligaciones, definidas en el capítulo 15: el abono de una cuota mensual de un real de vellón, el pago de la misma cantidad cuando fallezca algún hermano, al objeto de sufragar su entierro y la entrega de una cuota extraordinaria de seis reales en la festividad de la Titular, a lo que se añade la obligación de pedir limosna los días festivos en la puerta de su capilla.

Otros aspectos complementarios quedan regulados en el capítulo 16, como la existencia de un arca con cinco llaves para guardar los caudales de la Hermandad; la anotación de los ingresos y gastos; las cuotas de entrada de los nuevos hermanos; y la sujección jurisdiccional de la hermandad a la autoridad civil, lo que le eximiría de presentar sus cuentas al Ordinario eclesiástico, aunque quedando obligada a fusionarse, en caso necesaria, con otras de su misma naturaleza establecidas en su parroquia.


El 17 de septiembre del mismo año 1795 estas Reglas habían sido examinadas por el Consejo de Castilla, el cual pidió asesoramiento a la Audiencia de Sevilla – a través de Don Manuel de Peñarredonda, escribano de Cámara – sobre si debían ser aprobadas o, por el contrario, decretarse la extinción de la Hermandad a tenor del decreto de 1783 sobre reducción de cofradías en todo el reino. El siguiente 10 de noviembre el Fiscal de la Audiencia sevillana  expuso que no le consta que la Hermandad tenga aprobación del Ordinario eclesiástico, aunque “ es público en esta ciudad que los hermanos o individuos de ella están dedicados ya ha mucho tiempo a celebrar los cultos de la Señora y demás actos piadosos con mucho fervor y aparato. Es grande la devoción que se tiene a aquella imagen, y muy señalado el buen ejemplo que sus devotos causan en esta ciudad. Tienen edificada una capilla bien adornada para el culto diario, aunque por ser algo estrecha ejecutan sus funciones mayores en la iglesia del Colegio de Santo Tomás de Aquino, que se halla bien inmediata a la Capilla “. En su vista, considera ser útil la aprobación de las Reglas, sin advertir en ellas nada sustancial que se oponga a su aprobación, aunque se recomienda la corrección de algunos capítulos.

No obstante, el Real Acuerdo del mismo organismo sevillano fue del parecer contrario, al proponer la supresión de la Hermandad, partiendo del argumento de que la Hermandad carece de Regla aprobada por el Ordinario eclesiástico, no ser de las comprendidas en el decreto de 1783 (las Sacramentales y de Animas, y las aprobadas ya fuese por la autoridad real o la eclesiástica) " y estar situada en un nicho o capilla tan estrecho que puede decirse están en la calle la imagen e insignias, y no ser otro su instituto que el sacar un Rosario de noche “.

Ante la perspectiva de su extinción, la Hermandad, con fecha 15 del mismo mes de noviembre de 1795, alegó que su Regla fue aprobada por el Provisor y Vicario General Don Ignacio Zalduendo y Luquín el 24 de diciembre de 1778, lo que no la eximió de su supresión, decretada por la Audiencia con fecha 1 de diciembre de 1795, aunque la devoción popular despertada por su bellísima imagen titular y su Hermandad no sólo se mantuvo, sino que ha ido en aumento, hallándose profundamente enraizada en el sentir religioso sevillano.



* Publicado en Boletín de la Hermandad de la Pura y Limpia Concepción del Postigo del Aceite n º 1 (Sevilla, diciembre de 2002), págs. 34 – 37.


[1] AGUILAR PIÑAL, Francisco: Historia de Sevilla. Siglo XVIII. Universidad de Sevilla, 1989. Pág. 326.
[2] V.V.  A.A.: Historia de la Iglesia de Sevilla. Editorial Castillejo, Sevilla, 1992. Pág. 607; AGUDELO HERRERO, Joaquín: “ Las Hermandades y Cofradías sevillanas durante la Ilustración “, en Tabor y Calvario n º 27 (1998), págs. 14 – 17.
[3] ARCHIVO GENERAL DEL ARZOBISPADO DE SEVILLA, sección III (Justicia), serie Hermandades, legajo 30: Hermandad de Nuestra Señora de la Concepción en su Capilla al sitio del Postigo del Aceite de Sevilla. Expediente formado en virtud de Provisión del Consejo para que se interese en solicitud de dicha Hermandad sobre aprobación de sus Ordenanzas (1795); recogido por GAMEZ MARTIN, José: “ Noticias histórico – artísticas de la Hermandad de la Pura y Limpia en el siglo XVIII “, en Boletín de las Cofradías de Sevilla n º 502 (diciembre de 2000), págs. 58 – 61.

Procesiones de rogativas de las Cofradías sevillanas en 1680




“Procesiones de rogativas de las Cofradías sevillanas en 1680”,

por 

Salvador Hernández González

en
Boletín de las Cofradías de Sevilla  
 n º 517 (marzo de 2002), 
págs. 93 – 94.

 

A lo largo de la historia se ha dado una estrecha relación entre religiosidad popular y calamidades públicas. El pueblo, afligido por la conjunción de epidemias, sequías, inundaciones, guerras y otros desgraciados acontecimientos, demandaba a la Divinidad, representada por las imágenes de su devoción, el remedio de tantos males, a la vez que se exteriorizaban los sentimientos religiosos de la colectividad. Ante el azote de la desgracia, considerada como un castigo por los pecados, los fieles organizan procesiones de desagravio y de rogativas, actos penitenciales con los que se quiere aplacar la justa ira de Dios sobre su pueblo  (nota 01) [1].

Muchas han sido las procesiones de rogativas que se jalonan a lo largo de la historia de Sevilla, al compás de las diversas calamidades que han ido azotando a la urbe hispalense. La alternancia entre períodos de sequías e inundaciones, epidemias, guerras, etc., ha ido marcando la sucesión de estas manifestaciones de la religiosidad popular, centradas en la salida procesional extraordinaria de las imágenes sagradas como última esperanza de solución de la desgracia colectiva.

Aunque los protagonistas de tales procesiones de rogativas han sido con frecuencia imágenes de reconocido peso en la historia de la religiosidad sevillana, como el Santo Cristo de San Agustín, la Virgen de los Reyes o la de las Aguas, en otras ocasiones han salido a la calle otras imágenes vinculadas a las cofradías sevillanas y cuyas salidas extraordinarias son todavía poco y mal conocidas.

Este es el caso de los titulares de varias hermandades de penitencia que procesionaron entre los meses de marzo y abril de 1680, episodio referido por el analista Ortiz de Zúñiga y sobre el que podemos aportar en esta ocasión nuevos datos gracias a documentación inédita del Archivo de la Catedral de Sevilla, que nos precisa cuáles fueron las cofradías participantes en estas rogativas, las fechas en que se llevaron a cabo y algunos detalles de la composición de los cortejos procesionales.

Como nos narra el cronista sevillano, en marzo de 1680 la ciudad estaba amenazada por la epidemia de peste que ya diezmaba los pueblos de los alrededores, al tiempo que la sequía agotaba la feracidad de los campos. Ante tan dramática situación, “diferentes Hermandades con sus imágenes salieron en procesión de rogativa, y fueron a la Santa Iglesia a implorar la misericordia del Señor”  (nota 02) [2]. La primera cofradía en salir, el martes 19, fue la del Traspaso, llevando la imagen del Señor del Gran Poder (nota 03)[3] , que al llegar a la Catedral “entró por la puerta de San Miguel toda la nave arriba y pasó por la Capilla Real y se le abrió la puerta de los Palos” (nota 04)[4]

La segunda, en la tarde del día siguiente, fue la del Dulce Nombre de María (La Bofetada), sita por entonces en la capilla del Colegio de las Niñas Huérfanas, en la collación de la Magdalena, que “ trajo en procesión el Santo Cristo de la Bofetada – el Crucificado del Mayor Dolor – y hizo la misma estación” (nota 05) [5].

La tarde del viernes 22 salió la cofradía del Silencio, “con muchos con cruces y gran número de hermanos con velas encendidas y la religión de los Capuchinos acompañando al Santo Cristo, y todos con mucha compostura y devoción” (nota 06)  [6].

Al día siguiente y procedente de la parroquia de San Nicolás llegó al templo catedralicio la imagen de Nuestra Señora del Subterráneo, titular de la antigua Hermandad Sacramental y de Animas (fusionada en 1977 con la cofradía de la Candelaria) (nota 07) [7], acompañada por mucha cera y de la que personas de edad presentes en este acto piadoso dijeron “ no haber visto esta imagen en la calle “ , lo que da idea de la gravedad de las circunstancias que obligaron a su salida extraordinaria (nota 08) [8].

La cofradía de la Entrada en Jerusalén, entonces establecida en el convento de los Terceros, cerró la primera semana de rogativas, procesionando “ un Santo Crucifijo – el Cristo del Amor – que tienen de mucha devoción, con mucho acompañamiento de luces y la religión de los Terceros” (nota 09) [9] .

La última semana de marzo la abrió la llegada, desde el convento de San Pablo, de la imagen de Nuestra de la Antigua y Siete Dolores, atribuida desde antiguo a Pedro Roldán y titular como es sabido de la prestigiosa cofradía de su nombre, de brillante historial y extinguida a principios del siglo XIX (nota 10)  [10]

Su recibimiento fue cuidadosamente preparado por el Cabildo de la Catedral, que determinó facilitar su paso como el de las restantes procesiones por el crucero ordenando desmontar las barandas de la vía sacra que comunica la capilla mayor con el coro “ y que el altar mayor esté con todas luces y los cirios ordinarios (...) y esto por grave, sin que sirva de ejemplar para otras ocasiones, atento a haber en ésta tanta necesidad de estas rogativas” (nota 11) [11]

La imagen mariana salió en la tarde del lunes 25, siendo acompañada “ con infinitas luces y delante de ellas gran número de nazarenos y la comunidad de San Pablo cantando las letanías de Nuestra Señora y detrás de la Virgen muchos hermanos con luces”. A la altura de las gradas de la Catedral comenzó a llover, arreciando la lluvia al entrar la Señora en el templo, “con que fue grande la conmoción de la mucha gente que estaba aguardando ver la imagen”. Ya en el crucero, el paso se volvió tanto hacia al altar mayor como hacia el coro, proponiendo los capitulares que la imagen pasase aquella noche en el templo, ofrecimiento que fue declinado por la cofradía, que prefirió proseguir su recorrido (nota 12)  [12]. A la vuelta, ya cerca del templo de San Pablo, se intensificó la lluvia, obligando a la procesión a entrar aceledaramente en la iglesia dominica (nota 13)  [13].

El martes 26 salió la cofradía de los Panaderos, por entonces en la parroquia de Santa Lucía, con la imagen de Nuestra Señora de Regla “acompañada de muchas luces de hermanos y alguna clerecía y una capilla de música diciendo las letanías” (nota 14) [14]. Al día siguiente el protagonista fue el Señor de la Humildad y Paciencia, que salió “en procesión con muchas luces “ desde su sede de entonces, el hoy desaparecido convento de San Basilio (nota 15)  [15].

Pero el momento álgido de este calendario de salidas procesionales extraordinarias iba a alcanzarse con el solemne recibimiento que se le tributó el siguiente jueves 28 a la imagen del Santo Cristo de San Agustín. Dada la gravedad de la situación de la ciudad, sobre la que seguía pendiendo la doble amenaza de la sequía y la epidemia, el anterior sábado 23 la corporación municipal había enviado una comisión al cabildo eclesiástico comunicándole su intención de procesionar dicha efigie cristífera, propuesta favorablemente acogida por los canónigos, que sin demora dispusieron el aparato litúrgico necesario en honor del Señor, tomando como modelo los preparativos que se llevaron a efecto con motivo de la salida extraordinaria y estancia en la Catedral de la propia imagen a causa de la epidemia de peste de 1649 (nota 16) [16].

La procesión salió del convento agustino a las tres de la tarde, siendo recibida por el Cabildo eclesiástico – presidido por el Arzobispo Don Ambrosio Ignacio de Spínola – en la antigua calle de Génova. Ya en el templo, el Santo Cristo se colocó en el crucero – entre la capilla mayor y el coro – , que estaba ricamente exornado para la ocasión con diferentes colgaduras y no pocas luces, luciendo el altar mayor ornamentos de primera clase y descubriéndose el retablo por ser la Semana de Pasión. Aquella noche la devota imagen fue velada por seis clérigos veinteneros y algunos capitulares del propio templo catedralicio y algunos religiosos agustinos. 

A la mañana siguiente se celebró misa votiva de Pasión con sermón a cargo del Guardián de los Capuchinos y ya por la tarde se procedió al traslado del Señor al templo de San Agustín. El cortejo procesional abandonó la Catedral por la puerta de los Palos, siendo despedido a la altura de la calle Placentines por ambos cabildos, eclesiástico y secular, continuando el Santo Cristo hasta su iglesia acompañado por “ muchos nazarenos con sus cruces, así desnudos como con túnicas y de diferentes penitencias para aplacar la ira de Dios”, la propia hermandad que le daba culto, la mayor parte de la nobleza de la ciudad con velas, muchos devotos, representaciones de las órdenes religiosas, las cruces parroquiales, la música y doce colegiales con cera (nota 17) [17].

Hasta el sábado 30 se abrió un intervalo sin rogativas, reanudándose éstas con la Hermandad de la Coronación (El Valle), “que sacó en procesión a un Santo Cristo de la cruz a cuestas con muchos hermanos con luces y la religión del Valle cantando las letanías” (nota 18)[18]. El domingo siguiente le correspondió hacer estación a la Virgen de las Aguas desde la colegiata del Salvador, efectuando el recorrido acostumbrado en su salida procesional de la festividad de la Natividad de María. Haciendo honor a su advocación y gracias a su intercesión, “esta noche desde la oración hasta después de las ocho llovió muy bien” (nota 19)  [19].

A lo largo de la primera semana de abril se desarrolló la recta final de este ciclo de procesiones extraordinarias. El lunes 1 hizo estación nuevamente la cofradía del Valle, en esta ocasión con la imagen del Santo Cristo de la Coronación de Espinas, “que ellos llaman de la Púrpura, muy acompañado de luces y de los religiosos terceros” (nota 20)[20]. Seguidamente, un pequeño paréntesis hasta el jueves siguiente, en que desde el convento de la Trinidad Calzada efectuó su salida la cofradía de las Cinco Llagas, con la primitiva imagen de Nuestra Señora de la Esperanza – antecesora de la actual de Juan de Astorga, como es sabido – , “ acompañada de dicha religión (orden trinitaria) y muchos hermanos con cera” (nota 21)[21]

De otro convento, el de San Antonio de Padua, partió al día siguiente – viernes 5 – la procesión del Santo Sudario, a cargo de la cofradía del Cristo del Buen Fin, que sacó la réplica de dicha reliquia del Redentor acompañada por la comunidad franciscana “ y muchas personas con cruces y otras penitencias y muchas luces” (nota 22) [22]. Muy concurrida fue la salida el sábado de Nuestra Señora de la Estrella, acompañada por la orden de los capuchinos “ y toda Sevilla con cera “, lloviendo aquella noche con abundancia (nota 23)  [23]. Y el domingo, la cofradía de las Tres Necesidades (Carretería), entonces establecida en la iglesia de San Francisco de Paula, de los Mínimos, procesionó la imagen de gloria de Nuestra Señora de la Luz (nota 24)  [24].

Cerrando tan larga nómina, el lunes 8 la Hermandad de los Negritos salió con la imagen de Nuestra Señora de los Angeles, acompañada por la cofradía del Santo Cristo de San Agustín, y al día siguiente una hermandad de oscura y poco conocida historia, la de los Carniceros, sacó desde la parroquia de San Isidoro un Santo Cristo amarrado a la columna, acompañándose con religiosos del convento de San Diego (nota 25) [25]

Este ciclo de rogativas produjo finalmente los beneficios esperados, pues como señala la documentación analizada, “llovió cuando Dios fue servido, que fue todo el mes de mayo”, patentizando de este modo la esperanza depositada por el pueblo sevillano en las imágenes de sus cofradías, seguro asidero ante cualquier tipo de zozobra y calamidad a lo largo de la historia de la urbe hispalense, de lo que el episodio que hemos presentado constituye un interesante botón de muestra. 

 

* Publicado en Boletín de las Cofradías de Sevilla n º 517 (marzo de 2002), págs. 93 – 94.


[1] CORONAS TEJADAS, Luis: “ Manifestaciones barrocas de la religiosidad popular “, en Demófilo. Revista de Cultura Tradicional de Andalucía n º 16, pág. 132.
[2] ORTIZ DE ZUÑIGA, Diego: Anales eclesiásticos y seculares de la Muy Noble y Muy Leal ciudad de Sevilla. Madrid, 1796. (Ed. facsímil, Guadalquivir, Sevilla, 1988). Tomo V, pág. 347.
[3] Idem; CARRERO RODRIGUEZ, Juan: Anales de las cofradías sevillanas. Editorial Castillejo, Sevilla, 1991. Pág. 357.
[4] (A)rchivo de la (C)atedral de (S)evilla, sección I (Secretaría), libro 75 de Actas Capitulares (1679 – 1680), fol. 19 r.; sección III (Liturgia), libro 04001 (1636 – 1693), fol. 164 r.;  sección VIII (Varios), libro 63, fol. 62 r.
[5] CARRERO RODRIGUEZ, Juan: Op. cit., pág. 587; A.C.S., sección III, libro 04001, fol. 164 r., y sección VIII, libro 63, fol. 62 r.
[6] A.C.S., sección III, libro 04001, fol. 164 r., y sección VIII, libro 63, fol. 62 r.
[7] MARTINEZ ALCALDE, Juan: Sevilla Mariana. Repertorio iconográfico. Guadalquivir, Sevilla, 1987. Pág. 491.
[8] A.C.S., sección III, libro 04001, fol. 164 r., y sección VIII, libro 63, fol. 62 r.
[9] A.C.S., sección III, libro 04001, fol. 164 r., y sección VIII, libro 63, fol. 62 vto.
[10] GARCIA DE LA CONCHA DELGADO, Federico: “ Cofradías sevillanas extinguidas “, en Nazarenos de Sevilla. Ediciones Tartessos, Sevilla, 1997. Vol. I, págs. 456 – 459, y en Crucificados de Sevilla. Ediciones Tartessos, Sevilla, 1998. Vol. II, págs. 462 – 466.
[11] A.C.S., sección I, libro 75 de Actas Capitulares (1679 – 1680), fol. 19 r. y vto.
[12] A.C.S., sección III, libro 04001, fol. 164 r., y sección VIII, libro 63, fol. 62 vto.
[13] CARRERO RODRIGUEZ, Juan: Op. cit., pág. 570.
[14] A.C.S., sección VIII, libro 63, fol. 63 r.
[15] Idem.
[16] A.C.S., sección I, libro 75 de Actas Capitulares, fols. 19 vto. – 20 vto. y 21 vto. – 23 r.; y sección VIII, libro 63, fols. 63 r. – 65 r.
[17] CARRERO RODRIGUEZ, Juan: Op. cit., pág. 554; ORTIZ DE ZUÑIGA, Diego: Op. cit., tomo V, págs. 347 – 349; A.C.S., sección III, libro 04001, fol. 164 vto. – 165 vto.
[18] A.C.S., sección VIII, libro 63, fol. 65 vto.
[19] Idem.
[20] Idem.
[21] Idem.
[22] Idem.
[23] Idem.
[24] Idem, fol. 66 r.
[25] Idem.

Un pleito entre la Hermandad de Montesión y la de Consolación, del Gremio de los Pasamaneros (1644)

  "Un pleito entre la Hermandad de Montesión y la de Consolación,
 del Gremio de los Pasamaneros (1644)"

por 
Salvador Hernández González

en Boletín de la Hermandad de Montesión de Sevilla n º 59 
(septiembre de 2001), pág. 11.




El afán pleitista que caracterizaba a la vida cofrade de siglos pasados se manifestaba en cualquier ocasión y por el más nimio motivo, ocasionando, como es sabido, no pocas fricciones, tanto entre las cofradías y la autoridad eclesiástica como entre las propias hermandades. En este último caso las razones de disputa eran tan variopintas que iban desde las habituales cuestiones de etiqueta y precedencia en el Corpus o el lugar en los llamamientos de Semana Santa hasta curiosas confusiones y malentendidos a cuenta de las advocaciones de las imágenes. 

Este fue el caso del conflicto surgido en 1644 entre la Hermandad de Montesión y la de Nuestra Señora de Consolación, del gremio de los Pasamaneros, corporación mal conocida y que como especifica la documentación que utilizamos [1] , radicaba en la iglesia del mismo título, más conocida por Los Terceros, por su pertenencia como se sabe a la Tercera Orden Regular franciscana.

El 16 de febrero de dicho año comparecía ante el Provisor del Arzobispado de Sevilla Juan de Tapia en nombre de la Hermandad de Montesión, exponiendo como “ de más de setenta años a esta parte la dicha cofradía sale los Jueves Santos con su disciplina a andar la estación que las demás cofradías de disciplina que salen en Semana Santa “, para cuyos gastos contaban con las limosnas pedidas por los hermanos, autorizados para ello por la oportuna licencia emanada de la autoridad eclesiástica. 

Sin embargo, como nos sigue contando Juan de Tapia, algunos hermanos y oficiales de esta hermandad se dieron de baja en ella, pasando a engrosar las nóminas de la citada Hermandad del Consuelo en los Terceros. Pero el problema radicaba en que estos nuevos hermanos del Consuelo comenzaron a salir por las calles de la ciudad pidiendo limosnas en nombre de la Cofradía de Nuestra Señora del Rosario, la que precisamente habían abandonado, con lo que los fieles y devotos eran víctimas de no pocos fraudes cuando comprobaban que sus limosnas no llegaban a la imagen mariana de la capilla anexa al convento de los Dominicos, sino a la de los Terceros. Además se daba el agravante de que la hermandad de Consolación era de gloria, por lo que carecía del derecho de pedir limosna en Cuaresma, reservado, como señalaba Juan de Tapia, a las de penitencia, “ que en el dicho tiempo se les da licencia para pedir limosna “.


Ante esta situación, el representante de Montesión pedía que se tomasen medidas contra la Hermandad de Consolación, “ para que no pida limosna para la Cofradía de Nuestra Señora del Rosario ni en tiempo de Cuaresma y exhiban la licencia que tienen (...) para poder pedirla “. El Provisor conminó a los hermanos de Consolación a que se abstuviesen de pedir tales limosnas en nombre de una cofradía que no era la suya, ordenándoles que presentasen los permisos que tuviesen para ello junto con las Reglas por las que se gobernasen. Así lo hizo, en nombre de su Mayordomo, Fernando de Silva, quien presentó las Reglas solicitadas – aunque en la documentación no se recoge su texto ni su fecha de aprobación – , argumentando en su defensa la necesidad de tales limosnas para poder pagar un vestido que se había confeccionado a su Titular, finalidad para la que insistía en solicitar el oportuno permiso.


Dos días más tarde el Provisor, que a la sazón lo era Don Cristóbal Mansilla, decretó una solución de compromiso entre ambas partes. Dos hermanos del Consuelo podrían pedir limosnas para sufragar el vestido de su imagen, pero sólo durante dos meses y absteniéndose de solicitarlas en nombre de Nuestra Señora del Rosario.



A pesar de su brevedad, el documento analizado es muy revelador, en definitiva, de la fuerte identificación de la Hermandad de Montesión con la advocación de Nuestra Señora del Rosario, manifestada como hemos visto en la denuncia que hizo de la indebida utilización de  este título mariano por parte de los hermanos de Consolación, episodio que viene a ilustrarnos sobre la conflictiva vida de nuestras hermandades en el complejo y difícil siglo XVII.












* Publicado en Boletín de la Hermandad de Montesión de Sevilla n º 59 (septiembre de 2001), pág. 11.



[1] ARCHIVO GENERAL DEL ARZOBISPADO DE SEVILLA, sección III (Justicia), serie Colegios, Conventos y Hospitales, legajo 2408: Montesión. Autos Ordinarios (1644).